Telas gastadas como ropaje cubriendo desnutridos cuerpos…
Finos huesos, soportando la fuerza del viento…
Zapatos de goma y lonas, como frazada, atadas al cuello.
Chapas, palos, bolsas, componen su lecho.
Ruidos demoledores que vienen y van de aquí para allá.
¿Cuándo acabara la guerra papá?...pregunta el niño con toda inocencia,
y su padre, con bombas de fondo, intenta calmar la sed de inquietud de su pequeño,
después de unos segundos de silencio, y de recordar antes de tenerlo, la carta que el le había hecho a su crío…que decía:
“No pasará…
no pasará hambre ni noches de frío, no pasará soledad ni ataduras del alma, no pasará, no pasará la guerra, ni tardes heladas, le brindaré el sol eterno y un cálido aposento.
Nunca lo invadirá el tormento, la mentira, la falsedad, la hipocresía, la calumnia, la violencia, nunca sabrá de cuerpos maltratados ni almas condicionadas, solo será como un cóndor en pleno vuelo, desplegará sus alas para todo paraíso explorar y todos sus objetivos lograr, y si en mi vida…esto, como padre no puedo lograr, se que de todas formas la libertad vas a alcanzar”.
El padre mira a su hijo, tartamudeando por que contestar, lo sienta en su falda y comienza a susurrar:
Hijo, uno al nacer pierde libertad, por el hecho de no elegir ni cuando ni donde nacerá ni con quienes vivirá, tú, mi travieso pequeño, llegaste a nuestras vidas colmándonos de inmensa alegría, se que quizás no vives en un palacio, ni tienes autitos a control remoto, computadora, televisor con cable o un helado todos los días como lo tienen otros niños que ves por ahí, pero hijo, tienes que aprender que lo que más importante, lo que más vale, a pesar de que para muchos no sea así, es lo que llevamos dentro…
¿Y que llevamos dentro papá?, pregunto con curiosidad el niño…¿Sangre, vísceras, venas, y todo eso que enseñan en los colegios? Interrogó el niño con suma inocencia, y entre carcajadas del padre le dijo: Si hijo, eso está muy bien, llevamos eso dentro nuestro, pero yo me refería a los valores y principios, a la solidaridad, a la fuerza de voluntad, a valorar lo que uno tiene, a compartir con los que nos rodean, y todo eso, hijo, se construye a medida que uno va creciendo, eso, es lo que realmente vale, eso nos hace mejor personas… no el dinero, no el poder, no la violencia, no los palacios ni autitos a control remoto.
Y decime papá, los hombres que están ahí afuera haciendo todos esos ruidos y rompiendo cosas… ¿No aprendieron estas cosas que hoy vos me estas enseñando?...¿Porqué son malos?...¿Porqué nos quieren lastimar?...¿Tenés alguna deuda?...¿Nos culpan por algo?, decime papá…¿Qué es lo que está pasando allí afuera?,
El padre, atosigado y engolfado en tantas preguntas, intento ser más claro con su hijo, y le dijo:
Hijo, hay personas que no son educadas de una buena manera, o han pasado malas situaciones que los han marcado, pueden tener rencores con la vida que llevan, sentirse vacíos o hay muchas circunstancias que los llevan a actuar de malas maneras para con otras personas, esas otras personas tal vez no les hallan hecho nada malo, como nosotros a ellos en este caso, es tan solo que necesitan llenar su vacío, el vacío del alma, necesitan descargar los rencores y resentimientos que llevan dentro, necesitan violentarse para sentir el poder entre sus manos y creerse más personas, pero tú, siempre recuerda esto…no los odies, tiéndeles tu mano siempre que puedas, son seres humanos, como yo, como tú, como cualquiera, pero mal encaminados, no cargues con sus males, todos somos medidos con la misma vara que medimos, y la vida, hijo, es un boomerang, todo lo que va, tarde o temprano nos vuelve a nosotros, por eso tú, encárgate de obrar bien, de dar amor, alegría, afecto, compasión, solidaridad, y todo eso volverá a ti, entregándote pedacitos de felicidad cada día.
Tu madre y yo, como dije hace un rato, quizás no pudimos entregarte lo que tú hallas querido tener materialmente, pero nuestro corazón siempre te dio amor, nuestros oídos siempre te han escuchado, nuestros ojos observado, nuestros brazos abrazado y nuestros labios besado. Si hay algo de lo que estoy plenamente seguro es que nuestro amor hacia vos es incondicional.
¿Algún día seremos libres papá?...¿Algún día caminaremos por las calles sin miedo?...¿Algún día podremos ver el sol por una tarde completa?...¿Lo haremos papá?
A lo que el padre contesta: “Veo que estás entendiendo que la libertad no es lo material, la libertad es poder disfrutar la brisa de las mañanas, las tardes cálidas de sol, correr descalzos por el pasto, el olor del primer café de la mañana, sentirnos libres como el pájaro en su vuelo, y si, hijo, podremos hacer todo eso, y para eso necesitamos creer y confiar, creer en lo que uno quiere y confiar en que lo que uno quiere va a suceder si ponemos en ello toda la fuerza de nuestra alma, soñemos, por que un sueñito se te rompió, pero no todos hijo, todos no.
El pequeño bajo al piso de la falda de su padre y tomo camino hacia la puerta que daba a la calle, y el padre pregunta sorprendido: “¿Qué haces hijo?, ¿A dónde vas?”…
El hijo se detiene y exclama: “¡A enseñarle a los malos!”…
El padre no pudo detener el paso veloz de su pequeño hijo que salió disparando para la puerta, entonces lo observo desde la ventana…con la sensación de que su hijo daría una buena lección.
Con toda la potencia de su voz, el niño gritó: “¡Alto hijos de Dios!”…
Los muchachos distinguieron una voz de alguien pequeño, miraron a su alrededor, y al verlo allí parado, firme, pétreo como una columna, se acercaron a el con la desición de utilizarlo como rehén, como mulo, o simplemente torturarlo y luego matarlo.
Lo ataron de pies y manos con gruesas sogas y taparon sus ojos con un pañuelo, pero el niño reitero: “¡Alto hijos de Dios!...pobres almas vagabundas, desveladas, entristecidas, quebrantadas, son solo almas que van en pena por ahí, y la reconstruyen con el poder que les da la violencia, carentes de afecto, de amor, de alegría, un niño pequeño como yo, de bajos recursos pero de alma rica, quiere brindarles una mano, les propongo cambiar una metralleta por un chupetín, una bomba por una sonrisa, las armas blancas por besos y abrazos, y los tanques de guerra por autitos de juguete…
Los hombres se miraron entre ellos, sorprendidos por el coraje del niño de salir fuera de su casa y de hablarles con tanta inocencia y sinceridad, conmovidos por la situación largan todas sus armas al piso, a los pies del niño y le dicen: “Guárdate los juguetes niño, lo que si te aceptamos son los besos, los abrazos, y la sonrisa”…
El niño sorprendido por aquella respuesta, entra corriendo a la casa y saca de su habitación un gran cofre de madera vieja y sin color…la apoya en el piso, junto a las armas, y las guarda una por una… Al mismo tiempo que guardaba cada arma gritaba: “Libertad”…cierra el cofre y agarra papel y lápiz, y pega el papel arriba del cofre en el cual escribió: “Lo que llevamos dentro”.
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